El camino hacia la ciencia no siempre empieza en la infancia. A veces aparece después, casi sin avisar: en una clase, en una feria vocacional o por invitación de una profesora.
Así lo cuenta la Dra. Dulce Arias, investigadora del Instituto de Energías Renovables (IER-UNAM), quien recientemente fue galardonada con el Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz 2025 otorgado por la UNAM a mujeres académicas sobresalientes por su contribución a la docencia, la investigación y la difusión cultural.
Originaria de Concordia, Sinaloa, la Dra. Arias comparte en esta entrevista su trayectoria, algunos de los retos que ha enfrentado y lo que la sigue motivando a hacer ciencia.
NL: ¿Cómo comenzó tu interés por la ciencia? “Realmente nació en la universidad”, dice. Estudió Ingeniería Bioquímica con enfoque ambiental en el Instituto Tecnológico de Mazatlán, y fue ahí donde empezó a interesarse por el tratamiento de aguas residuales.
Recuerda especialmente cuando un profesor las y los invitó a participar en un proyecto sobre la industria pesquera. “Propuse trabajar con quitosano, una sustancia que se obtiene de residuos de camarón, para limpiar el agua. Ese proyecto me motivó muchísimo”.
En su caso, no hubo una historia previa ligada a la ciencia: “Nadie de mi familia es científico. Yo no conocía ese mundo hasta que llegué a la universidad”. Y justo ahí empezó todo.
NL: ¿Cómo fue tu formación después de la licenciatura?
“El proyecto con quitosano lo continué en la maestría, en el mismo Instituto. Después decidí hacer el doctorado en el extranjero”, cuenta. Para lograrlo, envió solicitudes a distintas universidades hasta que fue aceptada en la Universidad Politécnica de Cataluña, donde desarrolló su proyecto doctoral. En el marco de esta formación, también realizó una estancia de investigación en la Universidad Nova de Lisboa, en Portugal.
Ahí comenzó a trabajar con microalgas para el tratamiento de aguas residuales. “Tomé el reto, aunque era un tema desconocido para mí”, dice, casi como una constante en su trayectoria.
Durante el doctorado logró algo importante: escalar experimentos de laboratorio a sistemas de hasta 30 metros cúbicos sin perder resultados. “Eso te demuestra que lo que haces en pequeño sí importa, que es la base de lo demás”.
Después regresó a México, fue profesora en la Universidad Politécnica del Estado de Morelos. “Llegué al Instituto de Energías Renovables en octubre de 2019”, agrega.
NL: ¿En qué trabajas actualmente?
Desde su llegada al IER-UNAM, su trabajo se ha centrado en el uso de microalgas para producir bioenergía: biohidrógeno, biogás, bioetanol.
Pero no es solo energía. También hay un enfoque en el tratamiento de aguas y en cómo aprovechar los residuos. “Buscamos obtener biomasa que permita producir biocombustibles y, al mismo tiempo, aprovechar los subproductos dentro de esquemas de economía circular”.
Actualmente trabaja en sistemas biofotovoltaicos. En otras palabras, intentar generar electricidad a partir de procesos biológicos. “La idea es producir corriente eléctrica mientras se trata el agua residual”. Suena complejo, pero hacia allá va.
NL: ¿Cómo se construyen estos proyectos?
Nada de esto se hace sola. Su trabajo es profundamente colaborativo: con especialistas en materiales, en óptica, en bioenergía.
“Necesitamos electrodos compatibles con las microalgas, entender cómo éstas captan la luz, cómo optimizar todo eso. Es un trabajo interdisciplinario”. Y también, diría, colectivo.
NL: ¿Qué retos has enfrentado como mujer en tu campo?
Aunque reconoce que ha habido avances, también señala que las desigualdades siguen ahí. “En áreas como la ingeniería ambiental o civil hay más hombres. Y a veces hay que lidiar con dinámicas de machismo, no siempre tan evidentes, pero sí presentes”.
Comparando su experiencia en México con Europa, lo dice claro: “En México todavía tenemos mucho que hacer en términos de equidad de género”.
NL: ¿Qué significa para ti recibir este reconocimiento?
“Es un honor y lo recibo con mucha gratitud”.
Pero más allá del premio, lo ve como una motivación para seguir. “Me motiva a seguir haciendo ciencia, formando profesionales y generando conocimiento”. Y también, quizá, como un mensaje: que vale la pena hacer lo que te gusta.
NL: ¿Qué mujeres han sido referentes en tu trayectoria?
Menciona a varias investigadoras que marcaron su camino, especialmente a su directora de doctorado, la Dra. Enrica Uggetti, y a científicas con quienes trabajó en España y Portugal.
“Eran mujeres muy comprometidas, líderes en sus áreas. Aprendí mucho de ellas”. También recuerda a algunas profesoras de la licenciatura que la impulsaron. A veces esas primeras figuras son las que dejan huella.
NL: ¿Cuál es el reto ahora?
La respuesta no es sencilla, pero apunta a algo concreto: escalar. “Queremos llevar nuestros sistemas a una escala piloto, verlos funcionar en condiciones más reales”.
Y, al mismo tiempo, hay otro objetivo que aparece varias veces en la conversación: formar nuevas generaciones. “Motivar a más niñas a interesarse en la ciencia, que no lleguen por casualidad, como me pasó a mí, sino como un sueño”.
La ciencia no lo es todo o al menos no debería serlo.
La Dra. Arias practica artes marciales desde hace más de 15 años y toca instrumentos como el violín y el bajo.
“La carrera académica es importante, sí, pero no es todo. También hay que hacer otras cosas que te apasionen”. Y en su caso, eso ha sido constante.
Antes de cerrar, deja una idea muy clara:
“Si algo te apasiona, hazlo. No pidas permiso”.
Y añade algo más: salir de la zona de confort cuesta, pero después —dice— se siente muy bien.
Dra. Dulce Arias con el premio Sor Juana Inés de la Cruz
La Dra. Dulce Árias recibiendo el premio con el Dr. Leonardo Lomelí Vanegas